martes, 25 de marzo de 2008

Planeta Lavapiés

¿Pueden convivir ciudadanos de más de 88 países en menos de un kilómetro cuadrado? ¿Puede existir un planeta dentro de una ciudad? La respuesta es sí: En Lavapiés. El que fuera uno de los barrios más castizos de Madrid, vive desde hace más de 10 años un proceso de concentración y aglutinación de inmigrantes que le ha convertido en la zona más intercultural de nuestro país, y uno de las primeras de Europa. Es seguramente avanzadilla y experimento de lo que va a provocar el flujo de inmigración en el resto de las grandes ciudades de España.

Lavapiés no es un distrito, ni siquiera es un barrio. Es tan solo una confluencia de calles, dentro de un barrio, el de Embajadores, dentro de un distrito, el de Centro, dentro de una ciudad, Madrid. Pero según los datos del censo del Ayuntamiento, ahí, en Lavapiés conviven habitantes de 88 nacionalidades distintas. De 32.811 habitantes censados, 22.973 son españoles (13.800 de Madrid), 1044 son marroquíes, 3309 ecuatorianos, 567 colombianos, 435 chinos, y 386 bangladeshíes. A ellos habrá que sumarles también la cantidad, indeterminada pero conocida, de indocumentados e ilegales. Paseamos por la calle del Tribulete, famosa hace años gracias a los tebeos, ahora tristemente conocida por uno de los negocios asociados a los terroristas del 11-M. La sombra no se ha desvanecido del todo. No hay miedo pero sí desconfianza. En el nº 17 de esta misma calle, la persiana metálica del locutorio Nuevo Siglo, que regentaba Jamal Zougam, sigue cerrada y candada. No es un buen presagio. “Hasta que no la compren y pongan otro negocio no nos vamos a olvidar”, admite una vecina que acude al único centro de Salud con el que cuenta el barrio. La calle es moderadamente bulliciosa y llena de tiendas. Es, junto con Mesón de Paredes, una zona de locales regentados por magrebíes, más conocida como la pequeña Marruecos. Hay españoles, ya que la mayoría tiene documentación y permisos, pero su origen es árabe. Comemos en un restaurante de los más conocidos. Es un clásico, en el mejor estilo de los bares de tapas, con sutiles diferencias, entre ellas, que la especialidad de la casa no son los calamares, sino el cuscús y los falafel.

Chinatown y sus negocios
Los que mejores resultados obtienen desde hace muchos años en nuestro país son los inmigrantes chinos. Se les acusa de ser cerrados, de no integrarse y de vivir casi exclusivamente para trabajar en sus negocios. Superada la etapa de los restaurantes, su mejor baza fueron las tiendas de alimentación que abrían de jueves a domingo casi ininterrumpidamente. Después vinieron las tiendas de regalos y los todo a cien. Ahora son locales de ropa, al detalle y al mayor. Zonas como la calle Embajadores, Juanelo o Colegiata, antes regentadas por comerciantes de toda la vida, son ahora locales comprados o alquilados por familias chinas. Los datos del censo dicen que en España viven alrededor de 40.000 inmigrantes chinos, el 50% entre Madrid y Barcelona. En el distrito Centro, según el ayuntamiento, trabajan 2.000, pero después están los que no están censados. Los tópicos hablan de mafias, o de un jefe millonario. Ellos serían quienes les prestan el dinero. La realidad, y también la policía, demuestra que su forma de vida, completamente endogámica, les permite realizar préstamos entre familias y pequeños clanes. Con ese dinero han comprado locales por valor de casi 40 millones de pesetas, con el dinero encima de la mesa. Y de esa forma, el barrio se transforma. Los antiguos comerciantes alquilan o venden gracias a un dinero que les viene como caído del cielo. Es la queja que más se escucha: “nos quedamos sin tiendas, y encima en algunas, no te entienden”, cuenta Antonio, a la sombra del café del Teatro Pavón, en los primeros números de la calle Embajadores. Son los jóvenes de los 50 de los que habla el periodista José Luis Pérez Cebrián en su artículo Los otros inmigrantes de Lavapiés. Dice el periodista: “Ahora los que quedan, comprueban que los pisos de enfrente, de abajo y de arriba los tienen alquilados inmigrantes de distinto color y acento, y que las calles a deshora son un peligro cierto. Y en las plazas o plazoletas no hay sitio par a los viejos del barrio, que protestan entre ellos y miran desde las esquinas los bancos llenos de jóvenes magrebíes (…) No pocos vecinos de Lavapiés (entre ellos chicos y chicas de los cincuenta que quedan allí) son ancianos con escasa pensión en sus rostros se advierte la contradicción y la soledad. Ellos eran otros inmigrantes. Y éste, para bien o para mal, es otro Lavapiés”.

Tópicos e incoherencias
Si hacemos caso a los tópicos este barrio también podríamos ubicar la pequeña India, la pequeña Cuba, la pequeña República Dominicana, y en menor medida las pequeñas Senegal, Guinea, Nigeria, y muchas más. Son todas esas pequeñas las que hacen una grande, un mundo un planeta, al que muchos ya le adjudican nombres como Babel en Madrid o Planeta Lavapies. Pero si de verdad es un planeta, ¿por qué apenas cuenta con infraestructuras? En el terreno educativo este año se ha inaugurado la nueva sede de la UNED, pero este centro es más una infraestructura para la ciudad que para el propio barrio. El que sí le pertenece es el único centro cultural del Ayuntamiento. La paradoja es que para matricularse en alguna de sus actividades se exige la nacionalidad española. Toda una ironía en un barrio en el que casi el 70% de la población es inmigrante. Otro de los tópicos, cada día con menos base, que sustenta el barrio es el de la delincuencia. Así está catalogado desde hace años, y una buena parte de la prensa aprovecha la mínima ocasión para echar leña al fuego. Pero lo cierto es que si nos atenemos a los datos que facilita la Comisaría Centro, en marzo de 2000 los delitos habían descendido en Lavapiés entre un 7 y un 10 %.

Barrio humilde, especulación a la vista
Este ‘Gran Hermano’ de razas y naciones, en el que se ha convertido el barrio tiene mucho más de experimento que el programa de Gestmusic. Aquí se convive día a día, se mira los vecinos, se les mira y se les saluda. Aunque al final, cada uno tiene su propia zona. La zona de Cascorro sigue siendo un híbrido entre la comunidad gitana y algunos locales de chinos que proliferan cada vez más. Algo parecido ocurre en Encomienda y Juanelo. Mesón de Paredes tiene sus franjas: los primeros números, hasta hace un par de años eran de venta al mayor, y ahora están regentadas por chinos y venden de todo, al mayor y al menor; la mitad de la calle se la quedan entre africanos y latinos; la parte final es más marroquí. Lo mismo que Tribulete, Sombrerete y parte de Miguel Servet. Una parte de la calle Lavapiés y Jesús y María es hindú y paquistaní. Hoy por hoy sólo la calle Argumosa, un clásico de la vida diurna, mantiene a un grupo de profesionales liberales. No en vano, un apartamento de 40 metros cuadrados se puede vender sin remilgos por 228.000 euros (38 millones de pesetas) sin mover un dedo. El resto de la zona tampoco anda muy lejos. Habrá quienes muestren sus reticencias, pero las cifras cantan: un piso de 70 metros, en un edificio antiguo, si está en buenas condiciones puede superar con creces los 270.000 euros (45 millones de pesetas). Las ventajas son evidentes: supermercados, tiendas, metro a la puerta y el centro a menos de un tiro de piedra. Quizá también sea esa galopante especulación la que ha convertido el barrio en una opción provisional para muchos inmigrantes, un tránsito mientras consiguen el salario suficiente para mudarse de barrio y olvidarse de los guettos.

Obras: día sí, día también
Aunque ese concepto, el de guetto, se desvanece en la plaza Lavapiés, el salón de reuniones de esta pequeña Babel. Aquí se reúnen, un tanto amedrentados por las obras que interrumpen la normalidad del barrio. Esta es quizá, la losa que aplasta esta zona desde hace años. Primero fueron los arreglos de las calles, el adoquinado de las calles patrocinado por el Álvarez del Manzano matuvo las calles desnudas e intransitables durante casi un año. Fue en 1999. Ahora, esos mismo adoquines se huden y aparecen destrozados en casi todas las calles. Ahora, vuelven a ser las obras, está vez la ampliación de la linea 3 de Metro, la que tiene la plaza tomada, ocupada e inservible. "Lo peor de todo es el olor, el mal olor de los pozos que mantienen abiertos", insiste uno de los vecinos, que pasa rápidamente de la plaza hasta Argumosa. Pero no es el único mal. La limpieza, su ausencia, es casi una norma. Algunos dicen que se ensucia más, y otros, la mayoría, que la zona interesa poco y está peor atendida. Tres focos potencian esta idea: la plaza de Tirso de Molina, frontera, ya fuera del Planeta, ocupada por un botellón diario, cajas y malos olores; La Plaza Cabestreros, hasta poco zona de pandillas y jóvenes adictos a esnifar pegamento; y por último la propia plaza Lavapiés y las confluencias con Embajadores.

Ni mestizos, ni castizos
No es un barrio de mestizaje, porque eso vendrá más tarde, dentro de unos años quizá, pero si de confluencia. Hay de todo y para todos los gustos. Falafel áraba, restaurantes y tiendas paquistaníes, comercios de todo a cién y restaurantes de cómida rápida china, carnicerías árabes y magrebíes, teterías, pastelerías, bares ecuatorianos, cubanos, peruanos, y así podríamos seguir hasta un total de cincuenta. Es el Lavapiés del siglo 21, un barrio que se ha quitado el sanbenito de castizo para colocarse el de multicultural. Una multi e interculturalidad que tiene muchas ventajas y también muchos inconvenientes, y a la que sólo el tiempo le permitirá saber si convertirá este flujo de culturas y razas en un auténtico mestizaje. La esperanza es lo último que uno debe perder. Lo dice Manu Chao y también Gloria Fuertes. Por eso terminamos con un verso de la poetisa madrileña, nacida el 23 de julio de 1917 en pleno corazón del barrio, de madre costurera y sirvienta, que publicó sus primeros versos en 1950. A ellos, a sus habitantes, dedicó algunos de sus poemas.

"La gente dice: /«Pobres tiene que haber siempre» / y se quedan tan anchos / tan estrechos de miras, / tan vacíos de espíritu, / tan llenos de comodidad. / Yo aseguro / con emoción / que en un próximo futuro / sólo habrá pobres de vocación".

Andrés Fierro Novo. Publicado en la revista EVASIÓN, nº 37 Noviembre de 2004

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